la historia de una educadora en medio de la cuarentena
Por: César León En: mayo 15, 2020

Por primera vez, desde que el 15 de mayo de 1951 se declarara en Colombia como el Día del Maestro durante el gobierno del presidente conservador Laureano Gómez, los estudiantes no podrán regalarle una manzana a su profesor(a) o celebrar su labor en los salones de clases, a causa de la pandemia mundial de coronavirus. Sin embargo, en medio de la virtualidad que rodea por estos meses a la educación resaltamos las historias detrás de un ‘alma educadora’.

Es la de Alma Yadira Valencia Baquero, maestra desde hace 38 años en diferentes escuelas distritales de Bogotá, que aprendió la labor viendo a sus padres hacer lo mismo: dedicar su vida a la docencia. “Creo que yo nací maestra. A mí me apasionó desde muy pequeña enseñar por influencia de la casa. Verlos todos los días pasando notas y hablando sobre educación, ahí me fui interesando por el tema pedagógico.”, expresa.

Además, cuenta que tiene tres tíos paternos que también son maestros. Y su primera alumna fue su hermana menor, a quien enseñó a leer y a escribir cuando tenía 4 años a través de juegos y ensayos. Ello, luego de que emigrara con su familia a los Llanos Orientales desde Chocó, de donde es oriundo su padre. Fue en Acacias, Meta, donde inició la docencia para los Valencia. Así siguieron en municipios como Guamal y Granada, hasta llegar a Bogotá, donde nació la tercera hermana de Alma.

“Mi padre no quería que yo fuera maestra porque las condiciones del magisterio han sido históricamente muy difíciles. A ellos les tocó mucho el asunto de los paros. Además, los sueldos de los maestros eran insostenibles, de verdad que era una vocación. A mi papá le tocaba trabajar en la mañana, en la tarde y noche estudiaba. Entonces él veía que eso era difícil y para sus hijos quería otro mundo”, señala.

Cuando Alma tenía 11 años de edad fue matriculada para iniciar el bachillerato académico en un colegio distrital. Pero ella quería graduarse como bachiller normalista. Entonces su madre, quien siempre ha sido su cómplice, le consiguió un cupo en la Escuela Normal Superior Distrital María Montessori. En ese plantel la maestra Valencia comenzó la carrera de docente y, según ella, fue la mejor etapa de su formación y de su vida.

“Yo quería entrar a trabajar a la Secretaría de Educación del Distrito, no quería enseñar en los colegios privados. Entonces comencé a hacer interinidades en las escuelas de La Victoria, Palermo sur y Diana Turbay. Paralelo a ese trabajo, en la noche empecé a estudiar administración de empresas en la Universidad Externado de Colombia. Pero luego de 5 semestres me di cuenta de que no era lo mío, ahí estaba como ‘Betty la fea’”, asegura.

Así que decidió estudiar trabajo social en la Universidad Nacional de Colombia, una carrera que siempre le había gustado. A la par seguía dictando clases en el Distrito por interinidades; es decir, reemplazando a personas por licencia de maternidad o que se encontraban enfermas. En esa época recorrió un gran número de colegios de Bogotá. A los seis años ya empezaron a darle contratos por un año.

“Pero yo quería trabajar en el Distrito como mi mamá y mi papá. Me volví a presentar a concurso, porque cuando salí de la normal ya lo había hecho. Como yo tenía en esa época una cara de niña, en la entrevista me dijeron: “usted si cree que le van a creer que es maestra”. Pero en el segundo intento logré pasar el examen y la entrevista. Como uno alcanza el cielo con ese nombramiento, entonces me casé y ahí empecé otra vida”, afirma.

La maestra Alma tiene tres hijos. Dos hombres y una mujer. La mayor tiene 32 años, estudió Lenguas Modernas y ya la convirtió en abuela de dos nietas. Su otro hijo de 26 años se encuentra en Brasil estudiando Periodismo. El menor de 22 años, quien vive con ella, es Administrador Logístico y de Producción y trabaja en una empresa de salud.

Desde que la maestra se graduó en la normal nunca ha parado de dar clases. Su primer trabajo ya nombrada fue en el colegio Pablo Sexto de Kennedy. Allí empezó en segundo de primaria. Pero en las interinidades ella estuvo dictando clases en todos los cursos de primaria. Por su formación pedagógica, la profesora puede dar clases en todas las materias, como ciencias sociales, ética y religión, entre otras.

“Mi mayor satisfacción como maestra es ver evolucionar a los niños, por esa razón no salgo de primaria. Cuando me gradué de trabajadora social quise ejercer en orientación, de hecho me pasé a orientación en el colegio Laureano Gómez. Pero después de doce años dije lo mío es la primaria, porque allí encuentro mi satisfacción real. Un alumno es como ver crecer a un hijo que no sabe ni caminar y que con tu acción se va convirtiendo en una persona”, dice.

La maestra Alma ahora trabaja en el Colegio Distrital Marco Tulio Fernández, ubicado en la localidad de Engativá. En este centro educativo de estrato 3 labora en una jornada única de seis de la mañana a dos de la tarde.

La mayor parte de su labor como docente los dedicó a trabajar en colegios marginados y deprimidos del sur de Bogotá. En La Victoria tuvo que cambiar como orientadora y volver otra vez a dar clases en primaria, porque se encontraba con casos de padrastros y padres abusadores de alumnas del colegio. Muchas veces con el consentimiento de sus madres.

La profesora Valencia ha sido testigo de los diferentes cambios que se han presentado en el área educativa de Bogotá. De la infraestructura antigua a superestructuras modernas, que incidió favorablemente en el nivel educativo y en la calidad de vida de los estudiantes. Del pupitre de madera a pupitres ergonómicos.

“En esta cuarentena yo he pensado en muchas cosas, una de ella es que los seres humanos estamos para evolucionar y aprender. A pesar de que nuestra formación no fue en la era digital, nos ha tocado adaptarnos y aprender. Claro que si uno tiene una buena preparación pedagógica uno está capacitado para cualquier cambio. La tecnología hoy está en un punto y mañana hay 20 mil nuevos accesorios”, asegura.

La profesora Alma opina que es “cruel” que los niños pequeños estén sometidos a clases y horarios virtualmente, como lo están haciendo en algunos colegios. Ella estructura su clase en etapas y se apoya en YouTube para explicar algún tema. Les suministra a sus alumnos la parte textual para que practiquen la escritura en sus cuadernos. Luego revisa lo que aprendieron y al otro día les hace una retroalimentación.

“La pandemia ya cambió la forma de educar. Muchos padres dicen que se quieren quedar en la virtualidad, mientras otros señalan que necesitan que sus hijos vayan lo más pronto al colegio. Antes estábamos en la misma línea, ir al colegio, madrugar y hacer tareas. Cuando volvamos a las clases presenciales va a estar más enriquecido la jornada educativa, porque vamos a tener más herramientas, pero las que había no se deben desechar”, comenta.

En Palermo sur, un barrio que está ubicado arriba de la cárcel La Picota, había niños muy pobres que habían llegado del campo. En sus casas tenían granjas donde cultivaban cebolla y también tenían gallinas. Todos los días le llevaban a Alma una canastica con huevos que le enviaba la mamá de los estudiantes.

Según datos de la Secretaría de Educación Distrital, son 34.794 mujeres y hombres docentes de 791 mil estudiantes en los colegios públicos de Bogotá. Esta fecha es una buena ocasión para rendirles un homenaje a los miles de maestros y licenciados de jardines infantiles que con su labor dejan una huella indeleble en sus alumnos.

“La frase más bonita que he recibido de un alumno fue: “te amo, profe Almita”. A mí todo el mundo me llama Yadira porque es mi nombre compuesto. Yo nunca quise que me llamaran Yadira sino Alma. Pero cuando este estudiante me escribió esas palabras me sentí muy contenta y quiero que me llamen así. La frase más linda que yo les he dicho a mis alumnos es “ustedes nacieron para ser felices”.

FUENTE: radionacional.co